Penitencia

No puede decirse que estemos siendo justos, precisamente, con Final Fantasy XVI. Como un chaval adelantado y prometedor en el que el profesor elige centrarse y al que le exige más atención, más participación y mayor rendimiento, o como el hijo de aquel artista famoso de cuyo padre o madre todo el mundo espera que en algún momento indeterminado recoja el testigo, XVI parte de una situación comprometida y delicada. No le pedimos lo mismo que al resto de aventuras —ni tan siquiera secuelas de gran presupuesto— que llegan a nuestras tiendas, porque tampoco proviene del mismo lugar; sería necio e igualmente justo (en tal caso, para el resto de obras) obviarlo. Final Fantasy XVI, al igual que Final Fantasy VII Rebirth con la subsaga correspondiente y que un hipotético Final Fantasy XVII en caso de que esta próxima iteración tampoco acabase de cuajar, cuenta con una larga ristra de pecados familiares que expiar, y con esa sonada responsabilidad de “devolver la franquicia al lugar que se merece“.

Aún es pronto, muy pronto, para tan siquiera poder confiar en que dicho suceso vaya a tener lugar. Y aunque las mimbres sean buenas, porque lo son, el reto de salir airoso ante unas expectativas ingentes que se engordan y se ensanchan y se multiplican y se acrecentan con cada año de espera y con cada lanzamiento fallido es una asíntota que tiende cada vez más hacia lo imposible. No puede debatirse, sin embargo, que el juego no arriesgue hasta cierto punto, alzándose como una experiencia extremadamente enfocada en la acción directa que supone toda una llamada a la evolución, a la innovación, al cambio, mientras parece intentar por todos los medios querer devolvernos las emociones que sentimos la primera vez que nos embarcamos en un Final Fantasy a través de su ambientación medieval y a la omnipresencia de algunos de los elementos narrativos clásicos de la saga. Política, fraternidad, traición. Raíces y gotas al viento.

Con este enfoque claro, el título, previsto para la próxima temporada de verano, quiere ser honesto con su público, moderar y redirigir las expectativas según su conveniencia. Y para ello, quiero pensar, se ha intentado mostrar siempre en tráilers y vídeos promocionales tal y como es: nadie tiene dudas de dónde quiere apuntar este nuevo capítulo de la franquicia RPG, ni de los medios que intentará usar para llegar a tal punto. La parte preocupante de todo esto es que Final Fantasy es mucho más que un combate trepidante y unos cuantos tropos narrativos: es exploración, sensación de descubrimiento, inabarcabilidad. Elementos que no se han dejado intuir en los materiales que hasta ahora hemos recibido, cosas de las que aún no sabemos absolutamente nada, pero que dejar en un segundo plano en pro de potenciar la espectacularidad y presencia de los combates, considero, sería un grave error.

Quiero que Final Fantasy XVI salga bien, y confio plenamente en que así será. No solo no podría estar contento con el equipo que le está dando forma [mayormente veteranos de la industria que incluyen altos cargos de Final Fantasy XIV y Devil May Cry V, dos de las propuestas más reputadas y exitosas de sus respectivas IPs en los últimos años], y que se coronó desde su mera revelación como la principal razón de peso para creer en la propuesta, sino que también me encanta todo lo que veo y conozco de él, incluyendo el cómo se me muestra y el cómo se me presenta esta información. Me encanta su decisión, su honestidad, su honradez: no hay razones para no devolverle dicha confianza, por más dudas que me generen todo aquello que desconozco y que, quién sabe si por alguna razón en concreto, deberemos de esperar para conocer. En palabras del productor Naoki Yoshida, aunque sacadas del contexto argumental al que hacía referencia, “todavía quedan muchas preguntas por responder, muchas verdades por descubrir“. Y yo, hasta que elabore alguna razón de peso con la que contradecirme, pienso estar ahí para desentrañarlas todas.